La banca chilena enfrenta una paradoja tecnológica. Mientras los clientes exigen experiencias cada vez más digitales, rápidas y personalizadas, buena parte de las operaciones que permiten entregar esos servicios sigue dependiendo de sistemas diseñados hace décadas.
Sistemas que han cumplido históricamente un
rol fundamental, pero que hoy deben evolucionar para responder a mayores
exigencias de seguridad, rapidez y capacidad de adaptación.
Esta
situación no es exclusiva de Chile. Según el informe 2026 de Minsait “Rediseñar
el futuro desde el Mainframe: Estado del Arte de la Tecnología en el
Mainframe”, el 92% de las grandes entidades financieras todavía depende de
sistemas legacy (tecnologías heredadas) y cerca del 80% de sus datos se origina
o reside en mainframes, grandes computadores que procesan operaciones críticas.
Son
tecnologías que sostienen procesos esenciales de los bancos, como transacciones
y administración de cuentas, y que siguen siendo fundamentales para el negocio.
El
desafío, por tanto, no pasa simplemente por reemplazar tecnología antigua por
nueva. Modernizar significa avanzar mientras el banco sigue operando y sus
clientes realizan transacciones con seguridad.
Esta
realidad es especialmente relevante para Chile. En una industria donde la
disponibilidad de los servicios y la protección de la información son
esenciales, la transformación tecnológica no puede plantearse como un “borrón y
cuenta nueva”.
Durante
años, modernizar tecnología se entendió como migrar sistemas o adoptar nuevas
plataformas. Hoy se trata de construir una arquitectura capaz de incorporar
nuevas funciones sin perder el conocimiento y la estabilidad de los sistemas
actuales.
Por eso,
la pregunta para la banca chilena ya no debería ser únicamente cuánto cuesta
modernizar sus sistemas. También debe preguntarse cuánto cuesta no hacerlo y,
sobre todo, cómo avanzar sin poner en riesgo la operación.
Para
abordar este proceso de manera progresiva, segura y alineada con el negocio,
hay cinco ámbitos clave.
El primero
es definir un propósito claro. La modernización deja de ser una iniciativa
puramente tecnológica cuando se vincula con objetivos concretos, como reducir
costes, mejorar la experiencia del cliente o acelerar la llegada de nuevos
productos y servicios al mercado.
El segundo
es evolucionar sin reemplazos abruptos. Los sistemas core, que administran
cuentas y procesan las operaciones centrales del banco, siguen siendo el
corazón del negocio. En muchos casos, la mejor estrategia es transformarlos
progresivamente para reducir riesgos y asegurar su funcionamiento.
El tercero
es avanzar hacia arquitecturas más abiertas y modelos cloud. Esto permite
integrar nuevos servicios, conectar con otros actores del ecosistema y escalar
capacidades sin tener que intervenir constantemente el núcleo de los sistemas.
El cuarto
es incorporar inteligencia artificial al desarrollo y mantenimiento de
aplicaciones. Estas herramientas permiten analizar grandes volúmenes de código,
identificar patrones, extraer reglas de negocio, generar documentación y apoyar
la automatización de pruebas. En sistemas complejos, pueden reducir tiempos y
riesgos de transformación.
El quinto
es gestionar el talento como parte central del proceso. El reto no consiste
solamente en sumar nuevas capacidades, sino también en preservar el
conocimiento acumulado e integrarlo con nuevas habilidades, asegurando una
evolución sostenible de los equipos tecnológicos.
La banca chilena ha construido sistemas capaces de procesar millones de operaciones con altos niveles de disponibilidad. El desafío ahora es dotarlos de mayor flexibilidad e innovación, sin perder aquello que los ha hecho confiables.

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